Mujeres y ciudades
El espacio urbano no es neutral: es un campo de fuerzas donde el género se inscribe en las veredas, la iluminación, los muros y en la libertad —o el miedo— con que nos movemos. La ciudad reproduce desigualdades, pero también puede transformarse, con voluntad política y diseño sensible, en un territorio de cuidado, dignidad y encuentro.
Como señala Ana Falú, la ciudad puede ser un escenario de opresión o una herramienta de emancipación, según quién la diseñe, legisle y habite. Sus estudios muestran que las mujeres leen el espacio desde mapas distintos, atravesados por rutas seguras, horarios posibles y estrategias cotidianas de supervivencia, claves para pensar políticas urbanas justas.
Marta Lamas recuerda que el género moldea cuerpos, tiempos y movimientos, y que la ciudad consolida esas diferencias: relega el cuidado a lo doméstico, expulsa a quienes sostienen la vida a periferias mal conectadas y penaliza la maternidad y la noche para mujeres y disidencias.
Desde esta mirada, la ciudad puede reescribirse: aceras más anchas, espacios iluminados e infraestructuras del cuidado que vuelvan colectiva la responsabilidad de sostener la vida.
Como afirma Raquel Rolnik, sólo habrá ciudades justas si el derecho a la ciudad garantiza vivir sin violencias, sin expulsión y sin miedo. Imaginar ciudades feministas es reclamar movilidad segura, tiempo propio y espacio para todas las vidas. Una ciudad que cuide, repare y escuche, donde el territorio también sea vivido como cuerpo y libertad.
